Cuestión de escala

escalimetro_02Cuando trabajo en un nuevo proyecto comienzo desde un planteamiento general, desde el concepto global. A un tiempo voy jugando con las plantas, las secciones y la relación entre los distintos espacios. 

Circulaciones, estructura y volúmenes bailan al unísono. Tratándose de viviendas unifamiliares, se repiten ciertos patrones, parto de lo aprendido a lo largo de los años. Me siento segura porque el trabajo me resulta familiar, conocido. Además, no es tan diferente proyectar un chalet de doscientos metros cuadrados, como solía diseñar en España, que una villa de mil quinientos, labor habitual en Qatar.

Una vez que la distribución y las alturas quedan fijadas, que tenemos los alzados y las compartimentaciones, vamos a aumentar la escala para seguir con el proceso.

Y aquí es donde me muevo con menos fluidez. A veces siento miedos e inseguridades. Temo no realizar bien mi trabajo.

Vamos a imaginar que hacemos zoom en un salón o un dormitorio. Los paramentos ya están dibujados y los muebles, posicionados. Puertas y ventanas, en su sitio. Ha llegado el momento de vestir el espacio.

Las paredes nos piden paneles, molduras, colores, papel pintado. Los suelos no se conforman con un solo material, con un solo color. Los falsos techos suben y bajan, describiendo formas, jugando con los volúmenes y con la luz. Los muebles constituyen todo un capítulo dentro del interiorismo.

Y dando el salto que necesito en el hilo de este texto, recuerdo que hace años leí un libro para aprender a hablar en público. Estaba escrito por un orador brillante y aun recuerdo una anécdota que contaba. Explicaba que le incomodaba hablar con un solo oyente. Era ejemplar cuando se trataba de un gran auditorio, pero experimentaba cierta ansiedad cuando lo hacía ante una o dos personas.

Si bien con los proyectos me desenvuelvo con comodidad con ciertas “escalas grandes” y siento que estoy a prueba cuando se trata de las pequeñas, como a aquel orador le sucedía cuando hablaba para un solo oyente, a la hora de interactuar con personas, sin duda, elijo la pequeña escala. 

Si dedicas toda tu atención a la persona que tienes enfrente, si la calibras, empatizas y te olvidas del resto del mundo, la comunicación no puede salir mal.

En cambio, ante un grupo, las variables se multiplican. Lo experimenté cuando impartía talleres de inteligencia emocional en institutos. Un grupo no es la suma de todos, sino que tiene un “alma propia” y calibrarla me resulta complejo. No encuentro ojos a los que mirar ni respiración que sincronizar. Detectar y empatizar con el latido del grupo me resulta etéreo y complejo.

Al mismo tiempo el grupo está formado por diferentes individuos. Manifestar una actitud que pueda complacer a todos es realmente difícil.

Por supuesto estas conclusiones se basan tan solo en mi propia experiencia y percepción. ¿Cómo es la tuya? ¿Te resulta más sencillo conversar con una persona o hacerlo para una multitud? ¿En qué “escala social” sientes más comodidad? ¿O quizá se dará en un grupo reducido, en un punto intermedio?

¿Y en tu trabajo? ¿Disfrutas más resolviendo pequeños detalles o te motiva la organización general?

Y para terminar, me comprometo a desarrollar habilidades en las áreas del diseño de interiores. Quizá pueda importar alguna de las usadas con las personas. Escuchar el espacio, calibrarlo y centrarme en él, olvidando el resto del mundo. Percibir sus necesidades y su latido. Y tú, ¿qué te propones hoy?

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