Atrapada

Qatar-manVarias personas me han preguntado si todo va bien, pues me he mantenido bastante silenciosa últimamente. Y, de repente, soy consciente de que ha pasado el verano sin que me haya dado cuenta. Quizá porque he pasado un tiempo “p’adentro”, en un estado introspectivo.

Y también porque este trabajo, que es a un tiempo condena y salvación, me ha mantenido absorta, casi apartada del mundo. Para lo bueno y para lo malo. Por una parte, me atrae, me absorbe, me atrapa y consigue mantenerme en estado de fluidez durante horas. Normalmente no miro el reloj y tengo la sensación de que las semanas vuelan. Me reta a nivel intelectual y emocional.

Por otro lado, ocupa mucho tiempo de mi vida. Solo descanso un día cada semana y las jornadas son largas, dejando poco tiempo para el ocio, para mi vida, para mí.

Me habría gustado haber ido a España en agosto, pasar unos días en Cuenca y descansar con mis padres. No fue y ahora me doy cuenta de que no sé cuándo podré viajar. Me siento de algún modo atrapada en este país por cuestiones burocráticas y no pediré vacaciones hasta que no se resuelva mi visado.

Para viajar fuera de Qatar necesitas un permiso de la persona que te esponsorice, en mi caso, mi antiguo jefe, un arquitecto afgano. Hace meses que me concedió el permiso –también requerido- para trabajar en otra empresa y la nueva me solicitó como empleada. Todavía no lo han aprobado. ¿Por qué? Porque nuestra oficina es demasiado pequeña para que convivan hombres y mujeres. Si los del ministerio de trabajo vinieran se darían cuenta de que tengo un despacho para mí sola, incluso, con mi propio cuarto de baño.

El caso es que la deniegan y estoy esperando a que nos mudemos de oficina para que me autoricen a trabajar junto a varones. Pero primero deberán concedernos el permiso de obras que solicitamos en junio. En algunos aspectos no echo de menos a la administración española.

Total, que si quiero salir del país he de pedir el exit permit a mi antiguo jefe y eso supone recordarle que todavía estoy a su cargo, a pesar de que hace meses me dio un ultimátum (que conste que no me quejo, que en octubre dejé su empresa y bastante ha hecho).

Mientras tanto, sigo a la espera de que me transfieran el visado, que el Estado apruebe que trabaje junto a personas del otro sexo. Señores qataríes, nada pecaminoso existe en ello, además, visto con modestia, sin mostrar piernas, ni hombros (como mucho, el antebrazo). Camisas anchas disimulan la forma de mi cuerpo y coloridos pañuelos cubren mi cuello y mi busto.

Tampoco toco a los varones, solo un apretón de manos cuando uno de mis compañeros o mi jefe ha estado fuera.

Tan pronto como me transfieran el visado, pediré unos días de vacaciones para viajar a España.

He odiado a cuantos compartían información sobre sus vacaciones por vías varias, especialmente, a los que lo hacían sobre la Serranía de Cuenca. Mi única salida, mi vía de escape este tiempo ha sido mi trabajo (condena y salvación), mis proyectos y mis villas.

Te preguntaría qué has hecho en verano, si has disfrutado de vacaciones, de montaña, de la magia de algún pueblo del interior. Si has vestido faldas y tirantes, si has bailado en verbenas o si has tomado cerveza. Pero no voy a hacerlo porque si alguna respuesta es afirmativa, te odio. Te envidio y te odio.

Cerraré este texto con otra pregunta, ¿qué ha sido, alguna vez en tu vida, condena y salvación al mismo tiempo?

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