Calidez de casa

Hace unos días que estoy pensando sobre la calidez de lo de siempre. Vivo lejos de mi país y en España permanece mi familia y mis amigos de toda la vida (o de parte de ella). Desde que llegué aquí me he sentido cautivada, fascinada por la novedad y ahora me he doy cuenta de que la calidez que ofrece lo de siempre es muy agradable.

¿Y qué es lo de siempre? Pues en arquitectura y, en concreto en vivienda, me refiero a la casa de nuestros padres, el hogar donde te sientes protegido. Los aromas te resultan familiares, las conversaciones, el tono que se usa, las personas que frecuentan el hogar… Hasta la textura del sofá nos resulta cotidiana. Conocemos el sitio y hemos vivido momentos agradables en su seno. Volver a casa es muy grato.

Sin embargo, cuando visitamos a alguien por primera vez, si el lugar nos agrada podemos sentir la emoción del descubrimiento, el cambio, el conjunto de estímulos que nos atraen. Cuando volvemos a casa no nos llama la atención el decorado, pues es bien conocido. Todas las imágenes, los sonidos y hasta los aromas nos resultan usuales. En un espacio nuevo nos puede atraer su contenido por ser desconocido, sorprendente.

Lo mismo siento con las personas. Cuando conocemos gente nueva podemos sentirnos fascinados, especialmente, cuando damos con alguien interesante. Nuevos amigos, compañeros de trabajo o un reciente novio. Lo desconocido nos estimula, nos atrae y nos agita.

Pero hoy quiero hacer un homenaje a lo conocido, a la sensación de estar en casa. Ya sea en un hogar, con los amigos o con una persona especial. Quiero perderme en la sensación que me produce una conversación tranquila con mis padres, un café con amigos de siempre o un abrazo familiar. La sensación es de tranquilidad. Estamos relajados, no tenemos que demostrar nada pues bien nos conocemos. Y si decidimos compartir tiempo es porque sabemos de antemano que disfrutamos de la otra persona. Somos mucho más nosotros mismos y no necesitamos trabajar por ganarnos un sitio en esa casa o con esa gente. Ya lo tenemos. Y la sensación es de tranquilidad, de distensión, de saberse protegido es acogedora.

A veces te reencuentras con un viejo amigo y te sorprende la amabilidad del tiempo al estar juntos. No necesitas impresionarlo, ya sabe cómo eres. Por esa misma razón, la otra persona es ella misma. Sin máscaras. Con sinceridad. Y el abrazo es cálido, conocido, agradable. Estar juntos es una vuelta a casa, un sentirse seguro, reconocer la tibieza de una piel. Es estar en terreno conocido, sabiendo lo bueno y lo malo y eligiendo el sitio.

¡Cuánto valoro lo conocido, lo familiar, el estar en casa! Llegué a Qatar con ansias de aventura, con anhelo de emociones, con fascinación por descubrir. Mi sed de hazañas se va saciando a medida que vivo aquí mis días. Y al mismo tiempo ha crecido una apetencia por lo conocido, un aprecio de lo familiar. Agradezco un rato con una persona de siempre. Mucho.

Y, de repente… ¡¡llega la sorpresa!! Cuando creía que todo lo de Qatar era novedoso, empieza a haber lugares y personas “de siempre”. Algunas de ellas empiezan a ser viejos amigos, algunos de los sitios comienzan a resultarme familiares y no puedo más que agradecerlo. He disfrutado de suficiente novedad y doy gracias por tener cotidianidad, por recibir un abrazo familiar, por compartir un café con alguien de sobra conocido.

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