Adiós, mi bello espejismo

Espejismo¿Cambiarías todo lo que posees por lo único que extrañas?

¿Dejarías el epicúreo oasis en el que vives desde hace tanto, te mudarías al árido desierto de la realidad a cambio de paliar el hondo vacío que sientes en tu corazón?

Imagina que la fantasía en la que vives te resulta tan real como los sueños de Calderón. Tus sentidos la perciben como cierta, al igual que todas las células de tu cuerpo. Como tú mismo la has diseñado, has cuidado con celo cada detalle. Las formas son voluptuosas y suaves. Los colores, amables y alegres. Emanan fuentes de agradables sensaciones y el agua es fresca y clara. Los sonidos son sugerentes y sensuales y los sabores, placenteros e impúdicos.

Parece que nada falta… ¿o casi nada?

Cuando el anhelo te acecha, sueles mirar hacia otro lado. Te recreas en tu fantasía. La sientes como real. La vives.

A veces viene con más fuerza y no puedes no mirarlo. Es inevitable y adopta forma de herida en el corazón. Quizá has aprendido a vivir con ella. Con esta aflicción que te aguarda.

De repente alguien te ofrece una pastillita roja, como le brindaron a Neo. Si te la tomas, vivirás la realidad como “es”. En honor a la verdad, no es la primera vez que alguien te hace esta sugerencia. Hace más de quince años, mi amiga Ana de San Martín me dijo que vivir una situación es más agradable que imaginarla. Mi amigo Paco solía decirme que aquello que yo vivía con tanta intensidad no existía más que en mi cabeza. Y mi querida Carmen, que tiene la maldita habilidad de mostrarme la realidad, suele repetirme que vivo en mi mundo inventado, que poseo una gran imaginación y que lo interpreto todo a mi más que subjetiva manera.

Evidentemente, yo era más lista que todos ellos y no los escuchaba. Escogía la pastilla azul. ¿Quién en su sano juicio va a cambiar un delicioso pastel por una simple fruta? ¿Por qué, porque es más sana? ¿Porque es natural y sincera? Sin azúcares refinados, alteraciones ni sustancias artificiales? Y yo elegía el mejor camino, es decir, seguir viviendo en mi sueño. ¡Tan cómodo! ¡Tan agradable! Además, era envidiada por todos. Me provocaba una sonrisa infinita en el rostro. Llegaba a temblar de placer. ¿Por qué razón abandonar este sinuoso espejismo que a mí me resulta tan real como a los otros su dura realidad?

¿Por qué limpiar los cristales de estas gafas y ver el árido desierto? Sentirlo cada día. Reconocer qué parte de mi vida es una quimera y caminar sobre el -en ocasiones- asfixiante asfalto. Sentir las aristas de la vida, los grises, el amargo de algunos tragos.

¿Por fidelidad a la verdad? ¿Porque se trata de una falacia desde el punto de vista espiritual? Querido Antonio, parece que esta razón es de peso, pero no bastó para convencerme. Este argumento no me resultó suficiente para abandonar ese tan delicioso paraíso inventado.

¿Pero qué sucede si encuentras una razón que quizá sí te parezca de peso? Si bajar al mundo real pueda ser el camino para volver a conectar con tu Ser (aunque todavía no sepa qué significa el Ser). Caminar sobre el polvoriento desierto quizá te conduzca de vuelta a la Fuente. Es posible que te reencuentres. O, aunque no llegues, puede que recorras unos pasos. Y estos pasos, que puedes ir dando mientras vivas, es posible que te conduzcan hasta el punto en el que descubras que en realidad la herida no estaba, pues nunca había habido abandono, desconexión. Que aún formabas parte del todo. Desde el principio.

No existe una vuelta a casa porque nunca te habías ido. Solo era una sensación.

El verdadero espejismo era ese anhelo.

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