Intención y sentidos

946365_10151785265527867_918114994_nCuando realizamos un trabajo que va mucho más allá de la pura funcionalidad, cuando tenemos en cuenta la belleza en nuestra obra, cuando uno de los objetivos de nuestro proyecto es conseguir un disfrute estético, es mejor tener una intención.

Mi amigo Luis me ha hablado muchas veces de la intención en la arquitectura. Y me resultó curioso cuando me descubrí hablando con Macarena, su mujer, que también es arquitecta, y ella me decía que en el interiorismo lo interesante era tener una intención.

A veces creo que entiendo este concepto y otras me siento perdida. ¿Qué significa realmente tener una intención? Cuando elaborábamos nuestros proyectos en la universidad partíamos de una premisa. Muchos de mis compañeros eran fieles a ella hasta el final. Yo me solía encontrar entre las que iban cambiando conforme transcurría el proyecto. Incluso, los había quienes iban más allá. Preparaban su proyecto y, una vez terminado, inventaban un significado. Le ponían imaginación y creaban una excéntrica historia que lo justificaba. Lo más increíble era que algunos de ellos eran tan buenos vendedores que conseguían buenos resultados.

Yo siempre me preocupé de que mis proyectos tuvieran una buena funcionalidad. Procuré trabajar bien ritmo, la armonía, las proporciones… Pero nunca fui capaz de contar una historia que justificara mis proyectos. Si bien habría podido inventarla, no me habría atrevido a venderla, ni a decir que los muros de mi centro cultural eran como las hojas de un libro. Que ondean al viento y que llegan, como pájaros, hasta nuestro corazón. Por eso, el ritmo de los volúmenes y las cubiertas descuadradas y blablabla… Vamos, que nunca me he visto capaz de justificar un proyecto con una historia de este tipo. No obstante, lo he visto hacer infinidad de veces a mis compañeros o a ciertos artistas.

Ahora que me dedico al interiorismo se reduce la escala. Me siento más cómoda, me parecen medidas más abarcables. De hecho, confieso que el urbanismo siempre me ha causado cierta zozobra por la escala en la que se trabaja. El caso es que me encuentro ante una estancia. Puede ser una oficina, una parte de la casa o una tienda y antes de empezar, procuro definir cuál es mi intención. Y puede ser conseguir un lugar cálido, tranquilizador, inquietante. ¿Qué quiero conseguir? ¿Qué quiero que perciban las personas cuando entren, cuando trabajen allí o cuando se sienten a comer? ¿Qué emociones quiero que sientan esos habitantes o esos visitantes? Y una vez que están claras, paso a materializarlas. Y lo hago con las texturas, los colores, los ritmos, la posición del mobiliario y con todos los recursos que poseo. Intento transmitir mi intención a través de los sentidos.

En mi vida personal siento que, de nuevo, me he vuelto a descolocar y tengo la necesidad de volverme a colocar. Y no estoy segura de cuál es mi intención. ¿Qué quiero transmitir? ¿Qué necesito? ¿Qué me haría realmente feliz? Estoy eliminando capas, quitando máscaras (algunas de ellas dulces y cómodas). Y he comenzado una nueva etapa de autoconocimiento. Más desnuda. Quitando colores, texturas y adornos. Desde aquí es mucho más difícil averiguar la intención. Y aquí lo hago en el sentido inverso. Tenemos el edificio y averiguamos cuál es la dirección que “él” tenía desde el principio.

¿Tú sabes cuál es tu intención? Y más difícil todavía, si te desnudas de esos revestimientos, sacas los muebles y las cortinas y despintas las paredes, ¿sabes cuál es tu intención original?

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