Cuento de amor

PaisajeÉrase una vez, hace muchos años y en un reino muy lejano, vivía un cortés caballero. Era un hombre joven, con un corazón noble.

Caminaba un día nuestro caballero por el bosque cuando, de pronto, un claro entre la arboleda le llamó la atención. Se detuvo, se sentó en ese lugar y una profunda sensación de paz impregnó su alma. Algo especial tenía ese sitio que le hacía sentirse en armonía. El aire era fresco. El sol acariciaba su piel y desde allí podía escuchar el sonido de un riachuelo que transcurría no lejos del lugar. Los colores de la vegetación alimentaban su espíritu. Y sabía que se sentía bien. O mejor, lo sentía.

Me llamó unos días después. Quería erigir una casa, pero lo haría sin proyecto. En aquel lugar no estaba permitido construir, pues la propiedad era del monarca y equivalía a lo que ahora llamaríamos suelo no urbanizable.

Había buenos arquitectos en la comarca. Muchos de ellos, mejores que yo. Ingenieros, interioristas y diseñadores. Y me eligió a mí. Sospecho que no estaba buscando mi pericia como técnico ni mi habilidad con el diseño. Quería a alguien que lo acompañara en los momentos de dificultado, una mano amiga. Una persona capaz de poner tiritas en su alma en caso de que fuera necesario.

¿Una casa sin proyecto? Yo creía que nuestro hombre estaba loco. No podemos hacer eso, le expliqué y se lo argumenté con infinitas razones. En realidad –dijo- vamos a construir los cimientos. Olvídate de la casa.

Un poco incrédula, lo asesoré para tener una base estructural. La hicimos flexible porque no sabíamos cómo se configuraría el espacio después. Si es que lo hacía, porque ni siquiera conocíamos si habría un después. No se podía construir en ese sitio y en cualquier momento podrían obligarle a abandonar un lugar del bosque que no le pertenecía. Pero a esas alturas él… ya estaba completamente enamorado.

Construyó los cimientos con sus propias manos. Disfrutando cada momento que pasaba en ese lugar. Tuvo suerte y no lo detuvieron por edificar, así que me llamó para diseñar y calcular la estructura. En aquel entonces yo ya lo había entendido y no pensé en hacerle cambiar de opinión. Construyó la estructura y la vida le regaló una nueva etapa con el sitio del que se había enamorado.

Luego llegaron los cerramientos y la compartimentación. Fue entonces cuando su familia y sus amigos intentaron hacerle desistir. ¿Por qué gastas tu dinero, energía y tiempo en una casa que no tiene futuro? Ese terreno no es tuyo y te obligarán a abandonarlo. No veían el brillo de sus ojos cada uno de los días que él allí pasaba. Ese tiempo no era una inversión sino una forma de vida, una manera de ser feliz en el presente.

Sus padres tenían una parcela y trataron de hacerle cambiar de idea. Si construyes aquí, hijo, en el futuro al final tendrás una casa.

Nuestro caballero era joven y no pensaba en ese “al final”. Tan feliz le hacía sentirse ese lugar que siguió adelante. Sin pensar en el proyecto. Simplemente, construyendo una nueva parte cada vez que tenía la ocasión.

Éramos pocos los que lo entendíamos, los que percibíamos el esplendor de su alma en cada ladrillo que colocaba. No le impulsaba la motivación de concluirlo ni el sueño de la casa terminada. La idea de que un día podrían obligarlo a abandonar el lugar no le hacía desistir.

No sé qué sucedió con él. Yo partí a otro reino antes de que terminara su vivienda. Me despedí con un abrazo, rezándole a Dios para que se produjera un milagro y pudiera comprar ese pedazo de tierra o que le hicieran algún tipo de concesión. Aunque él era feliz. Vivía cada instante, sin pensar en el futuro. Disfrutaba en el presente, cada momento vivido en aquel lugar mágico era un regalo.

¿Y tú qué haces? ¿Vives el presente? ¿Piensas en el futuro? ¿Tienes un buen equilibrio entre el disfrute del ahora y el camino hacia tus proyectos del mañana?

Espero que aquel caballero acabara bien su historia. ¡Inshalla!

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