Cuando llegué a Valencia

ReencuentroDespués de un año sin haber pisado Occidente, regresé a Valencia. Supuso un viaje de dos semanas que me recargó de luz y de amor. Aquí el sol brilla con fuerza a diario y tengo personas que me quieren. Pero necesitaba ese esplendor y ese cariño del que tanto me impregné allí.

Casualidad o no, volé un 29 de noviembre. El mismo día que había llegado a tierras herejes un año antes.
El reencuentro fue tan intenso y nutritivo que al poco tiempo sentía que ya habían valido la pena todos los momentos de añoranza vividos en Qatar.

Volví a sentirme en casa en Valencia, aunque necesité un tiempo de readaptación. Así, recordé la configuración de las calles como espacio público, definidas por las fachadas de las viviendas y de los locales, con una urbanización bien consolidada.

¿Y conducir? La inercia me hacía tender a la misma conducta que había tenido en Doha, pero cada primer movimiento sirvió para ir resituándome y volver al “sistema español”. Así, recordé que aquí por ciudad no se adelanta y la velocidad máxima son 50Km/h. Que el tráfico es ordenado, los conductores usan los intermitentes y avisan cautelosos de sus movimientos previamente. Que los coches se mueven bajo un sistema y esto me recordó que estaba en Europa.

De nuevo, todos los carteles aparecían en cristiano. Indicaciones de tráfico, nombres de calles, rótulos de negocios. Cambiamos el árabe y el inglés por el español y el valenciano en todos los letreros.

Por las calles las personas caminaban abrigadas. Y yo misma disfruté del frío. Y disfruté de refugiarme del frío.

El sol llegaba tarde a su cita diaria y algunos días no se mostraba tan desnudo como lo hace en Oriente Medio. Algunas veces se esconde, tímido, tras algunas nubes o un velo gris que tiñe toda la ciudad. Amigo, aunque me haya quejado porque tu presencia haya llegado a ser implacable, me alegro de que me hayas acompañado a diario durante este año.

Tan pronto como salí del aeropuerto tomé conciencia del aroma que respiraba. Un olor a verde y a invierno. A humo de chimenea y a frío. ¿A qué huele el invierno en tu ciudad?

¿Y los colores? Dejé un amarillo luminoso y deslumbrante por los grises, marrones y tonos oscuros de verde. Colores de otoño de un Mediterráneo que llega a ser frío.

En los espacios públicos se escucha un rumor de fondo que me resulta familiar, como cuando sintonizas una emisora de radio y desaparece lo que era ruido para tus oídos.

Las señoras no visten con hijab. Se ven sus cabellos y el dress code, las normas de vestimenta que siguen son las mismas que las mías.

Lo que es conocido nos resulta agradable. Cómodo. Familiar. La sociedad se mueve con los ritmos con los que yo crecí, los que generaron mi estructura, mi sistema de referencia. Resulta reconfortante y tranquilizador. Así como me era estimulante y atractivo encontrarme con un sistema diferente y nuevo. Una voz interior me retaba durante este año, “Geles, a ver si eres capaz de adaptarte, a ver si eres capaz de disfrutarlo”.

¿Y con qué conclusión me quedo? Con lo afortunada que soy por tener lo bueno de ambos lados, así como el amor de aquí y de allí.

Y disfruto de los sabores de mi tierra. Así como lo haré a la vuelta de los propios de Oriente.

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