La ciudad que habito

20121218_133109Hace poco más de cuatro meses que llegué a Doha y creo que ya me estoy acostumbrando a esta ciudad. A sus ritmos, a su imagen, a la forma de vivirla. Comienza a resultarme natural conducir por sus calles, salir a correr por sus parques, habitar sus edificios y perderme observándola.

El paisaje, constituido por vías anchas, con varios carriles y edificaciones de poca altura, forma ya parte de mi vida. Como lo hicieron en su día las calles de Valencia. Sus avenidas definidas por bloques de edificios a ambos lados, formando manzanas; la trama reticular; las fachadas que definen esas manzanas… Personas caminando, locales comerciales en las plantas bajas… Prisas, humo de coches, carril bici. Grupos de gente en las paradas de autobús y encuentros casuales. Una ciudad suficientemente grande como para pasar desapercibido y lo bastante pequeña como para cruzarte con alguien.

También me habitué a la imagen de Vilamarxant, el pueblo donde he vivido los últimos años. Calles estrechas, definidas por viviendas a las que se accede directamente desde el vial y en  las que casas están pegadas unas a otras (viviendas entre medianeras, como las llamamos nosotros). Y gentes en las calles. Son los vecinos, “el pueblo” y todos se conocen entre sí. Poca privacidad. Para lo bueno y para lo malo.

Aquí las fachadas no vuelcan a la calle, sino que las casas están bordeadas por un perímetro sin edificar y una valla alta, opaca. Incluso las puertas de acceso a la parcela están totalmente protegidas de las vistas. Y es que los árabes tienen una cultura donde se cuida mucho la intimidad. Y en Qatar cada familia hace de su vivienda su reino. Son hospitalarios, te acogen y te hacen formar parte de su reino. Pero si estás fuera, guardarán su privacidad con celo.

Las calles no son lugares de encuentro, como ya os he contado otras veces. Son un sistema de circulación y la comunicación se lleva a cabo con coches. Para pasear están los centros comerciales y los zocos. Muy artificiales los primeros y más bucólicos los segundos. La ciudad es tan pequeña que se convierte en habitual encontrarte con alguien cuando sales, por ejemplo, al zoco.

Y en esos espacios públicos también te das cuenta de que los qatarís son personas amables, sonrientes y tranquilas. A los foráneos nos hacen sentirnos cómodos y notas que formas parte del paisaje, que eres un poco “de aquí”. Mantienen sus costumbres, sus hábitos y sus tradiciones y a la vez entienden que nosotros tengamos las nuestras. También tengo la sensación de que no nos juzgan. Su vida está muy reglada por los preceptos de su religión, en la que tienen una fe absoluta. Pero a la vez saben que hay otras religiones y otras costumbres y ellos les dan la bienvenida y nos acogen con simpatía.

Así que me estoy habituando a estos paisajes, a estos contextos. Dime, ¿cómo es el tuyo? ¿Cómo se desarrolla el espacio público que habitas? ¿Edificios altos, casas pequeñas? ¿Qué personas caminan por sus calles? ¿Qué atmósfera se percibe? Y, sea cual sea, ¡acuérdate de disfrutarla!

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