Decir no a tiempo

Como ya he explicado otras veces, las reuniones con el cliente son una de las etapas más bonitas de la elaboración de un proyecto. Disfruto tanto que no soy consciente de que estoy trabajando.

Cuando realizaba mis primeros proyectos cometía un error con frecuencia. Si un cliente me pedía algo para su proyecto yo decía siempre que sí. En unas ocasiones lo lograba. En otras… ¡no! El caso es que soy arquitecta y puedo encontrar soluciones para muchas cuestiones pero no siempre se puede llevar a cabo el deseo del cliente. Las parcelas tienen una forma, un tamaño, una orientación y una serie de condicionantes. La normativa ha de cumplirse y las casas tienen que permanecer en pie. Decir que sí a todo es pretender hacer milagros.

Con el tiempo he aprendido a decir “no, eso no se puede por…”, a responder “sí, se puede a cambio de modificar…”. Y muy a menudo contesto “lo voy a estudiar”, “lo voy a trabajar pero no estoy segura” o “voy a intentar dibujarlo, es posible pero no os aseguro nada”.

En paralelo he aprendido a rechazar muchas propuestas y una gran cantidad de actividades en mi vida personal. Es duro. Resulta difícil pero es una actitud responsable.

Cuando te comprometes con muchas personas y cargas tu agenda en exceso puedes encontrarte con situaciones delicadas. Y el resultado suele ser fallar a alguien, no estar al cien por cien en cada actividad o acabar dando uno de sí más de lo que puede.

Fallar a alguien es decir que estarás a su lado en un momento determinado y el día de antes llamar para excusar tu asistencia. Si lo hubieras explicado un mes antes, cuando te lo propusieron, no estarías fallando. Decir no en su momento habría resultado honesto y responsable.

No estar en lo que se está. Asistir a todo y participar en demasiados proyectos me ha hecho no estar del todo en ninguno. De tal manera que no he dado lo mejor de mí y, además, no he disfrutado cado uno de ellos.

Dar de uno mismo más de lo que se puede: si lo has experimentado sabrás de lo que hablo. Te exprimes a ti mismo/a. Y si lo haces de forma prolongada en el tiempo resulta muy poco saludable.

Cuando un cliente me pregunta “¿podemos desplazar este patio?” o un amigo me llama y me propone organizar una nueva actividad estoy tentada a decir sí. Siento el deseo de que todo el mundo pueda hacer lo que quiere. Y no porque no me atreva a decir que no, que podría hacerlo, sino porque quiero que todos los anhelos se llevaran a cabo.

Pues bien, antes de contestar, respiro hondo, me recuerdo a mí misma que es mejor una respuesta responsable y respondo “lo voy a estudiar”. Si lo tengo muy claro digo que no. Directamente, no. Aunque me duela.

¿Qué haces tú en estas situaciones? Cuando en el trabajo te solicitan un informe para el día siguiente y no es viable. ¿Dices que no? ¿Y cuando un amigo te propone un plan? Me gustaría saber si ese deseo de complacer a todos es habitual y todo el mundo lo siente o si es solo una tendencia de las personas con actitudes pasivas o sumisas. ¿Te duele decir que no? ¿Sufres por “perderte” acontecimientos? ¿Cómo gestionas decir que no a todo lo que te apetece pero que por falta de tiempo u otras cuestiones debes rechazar?

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