Heridas

Si nos ponemos a pensar, todas las casas sufren heridas. De mayor o menor entidad. Se puede romper un azulejo, descolgar una puerta, estropear un grifo o cualquier otro desperfecto. Incluso, puede haber incidentes mayores. ¿Los arreglamos de inmediato o no? A veces pasamos años conviviendo con un elemento deteriorado. ¿Te ha pasado alguna vez? Otras veces es imprescindible realizar una reparación.

Las heridas de nuestra casa son fáciles de localizar. Y el proceso a seguir para su reparación suele estar bastante claro. Seremos capaces o no de llevarlo a cabo nosotros mismos. Quizá necesitemos contratar a un profesional para que nos rescate. O puede que baste con comprar un mueble o un electrodoméstico nuevo. Cuando vivía con mis padres nunca se llamaba a un fontanero ni a un electricista. Mi padre lo arreglaba todo. Hasta cuando se estropeaba la tele.

El caso es que cuando algo no funciona lo vemos y procedemos –o no- a solventar el desperfecto. Lo que no tengo tan claro es si hacemos lo mismo con las heridas de nuestra alma. Me he dado cuenta de que todos arrastramos, en mayor o menor medida, daños emocionales. ¿Lo reconocemos? Pues creo que no siempre. ¿Trabajamos para resolverlas? Me parece a mí que pocas veces.

¿Te atreves a hacer un balance rápido? ¿Albergas heridas? ¿O más bien, tienes cicatrices de antiguas lesiones, ya curadas?

Durante una época de mi vida me explicaron, leí o escuché métodos para trabajar dificultades. Yo misma los puse en práctica y me enfrenté a antiguos fantasmas. Me atreví a mirar debajo de la cama o dentro del armario, y allí estaban, mis pesadillas. Reuniendo valor y atreviéndome a mirarles a la cara descubrí que no eran tan grandes como yo creía. O quizá que yo había crecido sin darme cuenta y esos monstruitos ya no tenían tanta fuerza. No la tenían en el momento en que les planté cara porque cuando me tapaba hasta arriba y tenía la luz apagada, los imaginaba enormes.

El caso es que trabajé y superé antiguas heridas. O quizá más que superarlas, las integré a mi vida y las acepté. De ese modo empezaron a cicatrizar.

Y aquí vino lo que yo llamo mi error. Me sentía tan pletórica con estos métodos, la mayoría aprendidos en pnl, que quería que todo el mundo se curase. Y cada vez que estaba con un miembro de mi familia o con algunos de mis amigos, pretendía que utilizaran las herramientas que yo les brindaba y que todos trabajaran sus dificultades. Y me frustraba viendo que no lo hacían. Sus males tenían cura, yo se la enseñaba ¡y ellos no me hacían ni caso! Me resultaba exasperante.

Con el tiempo lo he comprendido. Cada uno elige cuándo enfrentarse a sus heridas. En caso de hacerlo. Porque una decisión puede ser mantenerlas ahí. Al igual que yo viví durante más de un año con una bombilla fundida y otra nueva en un cajón, sin saber cómo se cambiaba. Me acostumbré a no tener luz en el espejo del baño y así estuve. Feliz y tranquila. Un punto de luz en el techo me bastaba, incluso, para maquillarme. Un día vino mi amiga Carmen, me preguntó que por qué no tenía luz y acabó cambiándola ella. De no ser así es posible que hoy siguiera sin luz en el espejo. Y quizá no habría buscado a una persona externa para que me socorriera. Como mucha gente no busca a un psicólogo o un terapeuta para curar esas heridas que tiene en su alma. Solo ahora he aprendido a respetarlo y a entender que esto es una decisión personal.

Las personas a las que quiero pueden estar tranquilas. Ya no voy a presionar a nadie. Saben que estoy aquí para lo que necesiten o para indicarles dónde pueden acudir (conozco muy buenos profesionales de la salud emocional). Pero esto será solamente cuando ellos lo decidan. Es más, he aprendido que yo misma tengo derecho a dejar algún fantasma en el armario. Ya me enfrentaré a él –o no- cuando llegue el momento.

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4 comentarios

  1. Hola Cariñet, ya te dije que me animaría a comentarte y aqui estoy. Me gustan mucho tus entradas; y esta en especial; no te puedes ni imaginar lo que te entiendo y comparto de todo lo que cuentas, pues en un momento de mi vida tambien me sentí así, es decir, intentando ayudar a un ser muy querido mío y que realmente no quería o no le venía bien “ser ayudado” tal y como yo creía que le convenía… realmente me costó comprender que esa persona no queria “remediar” lo que le estaba pasando…La clave la encontré en una charla que dio Jorge Lis, organizado por Desata hace un monton de tiempo, y me explico que hay personas a las que, aunque nos empeñemos, no se las puede ayudar, pues no quieren o no se dejan, y no debemos malgastar nuestra energía en ello… hay que dejar que lo pidan, de lo contrario nos desgastamos y malhumoramos..nos sentimos mal..
    perdona por este rollo, pero me siento muy identificada.
    Un beso gigante,
    Carmen

    1. Ay, Carmen… conforme he leído tu comentario me he ido acordando de ese día, de la charla de Jorge Lis y de la pregunta que alguien le hizo… ¡fuiste tú! Y ahora me doy cuenta de que aquello quedó en mi subconsciente de alguna manera. En ese momento yo no lo comprendí, supongo que debía experimentarlo por mí misma. Pero una vez que lo he vivido sí me ha quedado esa enseñanza. ¿Quién sabe? Es posible que tu pregunta y la respuesta de Jorge me hayan ayudado, sin haberme dado cuenta, y de ahí haya surgido este post.
      Un beso muy fuerte,
      Geles

  2. Madre mía Geles, ¿cuánto tiempo hace de aquéllo ?…. y ¿tú también estabas alli?….; me dejas sorprendida y a la vez contenta 🙂
    Le formulé la pregunta por que realmente era un tema que me angustiaba, y quedé completamente liberada cuando puse en práctica lo que me aconsejó, de ahi a escribirte que por eso te comprendo de ésta manera. La verdad es que guardo en mi recuerdo esa tarde como un verdadero tesoro.
    anoche, cuando te escribía, pensaba cuántas personas interesantes y maravillosas, y cuántas experiencias he vivido, y de las que he aprendido, gracias a Desata ; y tú eres una de ellas;
    un abrazo enorme.
    Carmen

    1. Gracias Carmen, para mí Desta es un foro importantísimo, es más, es uno de los centros de mi vida. Y, al igual que tú, disfruto y aprendo muchísimo con y de vosotros.
      Por cierto, aquella charla fue en diciembre de 2009. Hace ahora tres años. Fue el primer evento al que asistí como socia de Desata. ¡Imagínate!
      Un abrazo,
      Geles

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