Qué configura una calle

¿Qué es una calle? Esta es una de esas preguntas que admite múltiples respuestas, desde muchos y diferentes puntos de vista. Si no recuerdo mal, en la universidad me enseñaron que era un espacio urbano, público, lineal y definido por edificaciones a ambos lados. No sé si a mis profesores de urbanismo les parecerá bien esta definición pero creo que nos sirve. Y yo voy a poner en relevancia un elemento imprescindible que configura una calle. Sus gentes.

Algunas calles son anchas, tienen muchos carriles, aceras amplias y altos edificios. Otras son estrechitas y están definidas por casas de pocas alturas. Entre estos dos extremos existe una inmensidad de tipos. Con mucho tráfico o con poco. O peatonales, incluso. Con vegetación o sin ella. Y todos sabemos qué diferente resulta pasear por un vial con árboles y por otro sin ellos.

Calles con distintos pavimentos. Sin asfaltar. Con poca iluminación o llenas de farolas. Con fachadas modernas, tradicionales, cuidadas, desaliñadas…

Desde el punto de vista urbanístico las variables a analizar son casi infinitas. Pero la que a mí me ha hecho pensar los últimos días tiene un cariz social. ¿Por qué hay calles en las que nos sentimos tan acogidos y otras en que sucede todo lo contrario? Por sus gentes. Por supuesto, también son importantes aspectos del diseño de estos espacios públicos, pero hoy voy a centrarme en las personas y lo haré con dos ejemplos.

Hace diez años estuve en Marsella, estudiando mi Erasmus. Una ciudad demasiado cosmopolita para la persona que yo era. Podías recorrer la rue de Canebière y haber escuchado doce idiomas diferentes. Creo que no estaba preparada (¿o sí?) para un despliegue tan multicultural y pasear por las calles de aquella ciudad me hacía sentir desprotegida. Sola. Aun cuando iba con mis amigas. Aquella vivencia duró un curso escolar y me ayudó a entender y a apreciar la diversidad, la heterogeneidad. En aquella época me costaba disfrutar de un plato con múltiples sabores. Resultaba más fácil si solamente era salado o dulce. O amargo. Hoy soy capaz de saborear una rica mezcla.

El otro caso está en Cuenca. San Martín de Boniches. Es el pueblo del que era mi abuela y donde vivió mi madre durante un tiempo. Durante muchos años iba allí en verano y es uno de los lugares donde mejor acogida me he sentido de toda mi vida. Todo el mundo ha querido mucho a la familia de mi madre. Y también a mi padre, que es del pueblo de al lado, Henarejos, y se casó con “la mayor de la Engracia”. Y también me han querido a mí. Y, por cierto, me han llamado la henarejera.

Aunque hace años que vendieron la casa de mi abuela, yo sigo yendo de vez en cuando. Todo el mundo me saluda y se alegra de verme. Siempre hay varias personas que me ofrecen quedarme en su casa a comer. Y a mí estos gestos me alimentan el alma.

Conservo muchos amigos de San Martín. Aunque no tengo una relación frecuente con ellos sí mantengo el contacto y el cariño hacia ellos. Con esas personas y en esas calles he vivido momentos muy importantes de mi biografía. No sería la misma sin esa parte de mi historia, sin mi grupo de amigos, sin Vero y sin esas aventuras de la adolescencia. En aquellas calles.

Y tú, ¿en qué calles has tenido distintas percepciones? ¿Qué vivencias “en las calles” forman parte de lo que hoy eres? Y por último, lo que las hace tan especiales ¿realmente son las personas que las viven y las transitan?

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