Aquí me bajo

A lo largo de la vida tomamos decisiones. Constantemente lo hacemos. Incluso, no decidir es tomar una decisión. Yo he escogido una opción y creo que es de las importantes. Al menos, de las tristes. Por lo que dejo.

Hace un tiempo empecé un proyecto con unos amigos y compañeros. Se trataba del diseño de un colegio. Teníamos grandes ideas y formábamos un buen equipo: técnico y creativo a la vez. Así que empezamos a reunirnos para dibujar los primeros bocetos. Rompimos con el esquema tradicional de lo que es un centro de enseñanza y recogimos las ideas más vanguardistas de dentro y fuera del país. Además, estábamos muy pendientes de cómo se construían los coles y de cómo iban funcionando.

A lo largo de los meses invertimos tiempo, energía y esfuerzo. Y lo hacíamos encantados. Teníamos ilusión por lo que estábamos creando. Como éramos seis personas, a veces era muy largo llegar a consensos, pero las sinergias que aparecían por el camino y las decisiones finales compensaban con creces. Teníamos tanta fuerza que no nos importaba dedicarle horas y horas. Y eso que cada uno de nosotros tiene numerosas ocupaciones, entre ellas, el trabajo de donde obtenemos nuestros ingresos. Y hablando de ingresos, creíamos tanto en nuestra obra que sabíamos que en el futuro nos proporcionaría una importante remuneración económica. Esto lo teníamos en cuenta pero la principal motivación era el tipo de proyecto que estábamos diseñando.

Los bocetos eran increíbles y poco a poco el proyecto fue tomando forma. Y llegó el momento de dar el siguiente paso: formalizar el equipo. Un equipo heterogéneo, con objetivos comunes, una ilusión compartida y muchas ganas de trabajar. Era la etapa de concretar hasta dónde estaba dispuesto a implicarse cada uno de nosotros. Necesitaríamos algo de dinero. Hasta ahora habíamos invertido con nuestras horas de trabajo pero, llegados a ese punto necesitábamos material para hacer maquetas y, seguramente, comprar un plotter. Y también debíamos decir cuánto tiempo podría dedicarle cada uno de nosotros. Y hasta dónde estábamos dispuestos a llegar.

Y yo, que había estado rebosante de  ilusión me di cuenta de que no podía comprometerme para trabajar a largo plazo. Que también quería hacer proyectos en otros lugares. Y ese “otros lugares” era una idea que me atraía con mucha fuerza. Y tenía que tomar una decisión. Una decisión responsable hacia mí y hacia mis compañeros. Y yo sabía cuál era. Muchas veces sentimos qué opción elegimos. Lo que nos cuesta es reconocerlo. Reconocerlo y argumentarlo racionalmente.

Y mi razón me decía que ese proyecto tenía mucha fuerza y que se iba a construir un colegio increíble. Y también, que se ganaría dinero con él. Y mi razón me decía que tal vez nunca más en la vida encuentre un equipo de trabajo como ellos.
Y una vocecita me susurraba que éramos seis. Y el seis es mi número favorito. Puede parecer supersticioso o infantil pero cuando este número está ahí, todo va bien.

La razón me dice que me quede y algo dentro de mí, que vuele. Y son tan fuertes esas ganas de volar que he decidido ser consecuente con mis decisiones y responsable de mis actos. Y aquí me bajo. Os quiero, amigos.

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