No basta con el edificio

La Nueva Fe de Valencia. Un edificio blanco, majestuoso, formado por una serie de prismas bien ordenados. Cada vez que pasaba por fuera me llamaba la atención por la presencia de sus volúmenes, por su composición, el ritmo de sus elementos y el diseño de sus fachadas. ¡Tan blanco! ¡Tan nuevo!

Hoy he estado dentro por primera vez. Esta mañana mi padre se cayó en el monte. Como pudo, llegó a casa. Mi madre lo llevó al hospital de Requena, que era el más cercano a donde estaban. Allí lo visitan, le hacen el informe y lo envían a la Fe. Urgente. La ambulancia llegó rauda, ayudada por su sirena.

Han pasado unas horas desde que se produjo el golpe y comienza la espera. Conforme pasa el tiempo yo me indigno. Entre mi madre y yo fuimos cuatro veces a preguntar en la ventanilla por qué tardaban tanto. Que era urgente. Que habían dicho en el hospital de Requena que tenía unas oclusiones de aire y que corría el riesgo de que se desplazaran a otros sitios, como el sistema circulatorio.

Seguimos esperando. Los espacios interiores y las instalaciones del edificio me maravillan. Pero me indigno. ¿De qué sirve un edificio tan espectacular si la gestión presenta fallos? Vienen a mi memoria casos de personas próximas descontentas, como mi amiga Isa que llegó un día que iban a operar a su hija y tuvieron que volver a su casa, no había cirujano disponible.

La mayoría de personas que trabajan allí son grandes profesionales y tienen un trato amable y cercano. Pero resultan insuficientes o la atención al paciente no está bien gestionada. Y es que al final un edificio es como una persona: no basta con la apariencia exterior. Puede haber un hombre o una mujer con un buen físico, bien vestido, con un aspecto impecable. Si falla, sus actos pueden desacreditar totalmente esa impoluta apariencia.

Dos horas y diez minutos después de haber llegado, nerviosos por la situación, tensos por el diagnóstico del otro hospital y cansados de que nos digan que la doctora de maxilofacial estaba atendiendo en planta y “enseguida baja”, mi madre pierde la paciencia y se deshace de su conducta asertiva. O como ella diría, va a hablar con la chica de la otra ventanilla y la lía. Cinco minutos después llaman a mi padre.

En momentos como ése yo me pregunto, ¿hay ocasiones en que es mejor no tener una conducta asertiva? ¿La agresividad puede ser buena? Levantar la voz y amenazar acabó siendo más efectivo que intentar que las administrativas empatizaran con nosotros. Gritar trajo frutos que no habían conseguido una explicación, un mensaje inquieto y una llamada al sentido común. Algo no funciona.

Por suerte la historia tiene final feliz. Le cosen la herida. Estudian los resultados de las radiografías y el tac que le habían hecho en Requena y le diagnostican lesiones menores. No hay que operar. Las oclusiones de aire saldrán solas a través de unos conductos que se comunican con la  nariz. Dolorido, con media cara hinchada y un ojo cerrado por la hinchazón, vuelve a casa. Feliz por el diagnóstico.

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2 comentarios

  1. Juan Pedro Sánchez |Responder

    En primer lugar, Geles, me alegro de que finalmente no sea grave la lesión.

    En segundo lugar, estoy totalmente de acuerdo en que la fachada de las personas y/o organizaciones no es suficiente (aunque sí necesaria), y finalmente (y lamentablemente) hay veces que “la via diplomática” no es suficiente cuando se trata de emergencias (sobre todo de salud).

    Enhorabuena por el post.

  2. Gracias Juan Pedro. Fue un susto pero se quedó en muy poco comparado con lo que podía haber sido.
    Un abrazo fuerte!
    Geles

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