Entreespacios

¿Te has parado alguna vez a pensar en los lugares que no son lugares en sí mismos? En esos sitios que en realidad suponen un umbral de dos espacios. Sería, por ejemplo, el descansillo desde donde tocas el timbre de un piso. No pertenece al interior de ese apartamento, pero casi. Y tampoco es del todo la calle, el espacio exterior… pero casi.

Son filtros, suponen la última barrera antes de “entrar”. ¿Entrar a dónde? ¿A una casa? ¿Al interior de un hogar? ¿Tenemos las personas también unos comportamientos intermedios? Con los desconocidos o con quienes no tenemos mucha confianza mostramos actitudes distantes, “estamos en la calle”. Con nuestros allegados procedemos de una manera más o menos íntima. ¿Existe un punto intermedio? Es posible que alguna vez hayamos estado en el rellano de una persona. Ya es más que conocida y toca avanzar un paso. Estamos dispuestos a abrirnos más, a establecer unos lazos más próximos. Normalmente este proceso sucede de manera inconsciente. Un día te das cuenta de que tu amiga antes era una simple compañera de clase. Sin saber cómo ha pasado, se ha convertido en alguien de confianza, una persona con quien no tienes reservas. ¿Estuvimos un día la una en el rellano de la otra? ¿Tocamos el timbre? Yo creo que si todo fluye y las dos personas están en sintonía nadie se da cuenta de este paso, resulta natural.

¿Y si una de las partes quiere entrar en casa del otro y no al contrario? A veces sucede en algunas relaciones de pareja. Uno de los dos quiere dar un paso más. Abre la puerta de su casa y pulsa el timbre del otro, dispuesto a entrar. Y la puerta no se abre. Las dos personas no van en paralelo en esa relación y si no lo hablan es posible que esto les lleve a una serie de conflictos.

Me he dado cuenta de que nuestra cultura es muy dada a entrar en los ámbitos privados de otras personas y a abrirles para que entren en los nuestros. ¿Por qué seremos así? En otros países existe una puerta para entrar en el edificio, un vestíbulo donde hay que esperar, escaleras, muchas escaleras y, finalmente el rellano donde se deciden a abrir o a entrar en el ámbito más íntimo de otros.

Otros entreespacios son los lugares de despedida. Como el andén de una vía. Piensa en algún momento de tu vida en que te hayas o te hayan despedido en una estación de tren. ¿Triste? Es un momento especial, un abrazo y ganas de llorar. ¿Por qué te sientes tan apenado si esa persona está junto a ti? Precisamente porque va a dejar de estarlo. Es un entreespacio. Está pero no está.

Lo que nos quitan las estaciones y los aeropuertos nos lo devuelven en otras ocasiones. Con los reencuentros. Consiguen sumirnos en un momento de nervios y excitación por esa persona que vuelve de un viaje o que te hace una vista. Quizá, después de dos años sin verla. Y os saludáis y sonreís y os emocionáis. Después os tranquilizáis porque comienza ese momento de estar juntos. Porque el primer saludo aún no lo era, era un entreespacio.

Y hablando de aeropuertos, son lugres que no pertenecen a ningún sitio. Cuando entras ya has salido de la ciudad, aunque físicamente todavía estés ahí. Con todos los carteles en inglés y la megafonía en varios idiomas. Y si viajas a otro país no llegas cuando aterrizas sino cuando sales del aeropuerto. Siempre me resulta curioso.

Entreespacios y entremomentos. Fronteras entre dos sitios, entre dos etapas. ¿Cuándo has vivido una situación que en realidad unía otras dos?

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