Asumir una crítica

Qué duro es asumir las críticas. Cuando estudiaba arquitectura aprendíamos a proyectar proyectando. Es decir, concebíamos y dibujábamos los espacios y luego corregíamos con el profesor del taller o con los compañeros. Y este era el sistema. En cada nueva corrección aprendíamos algo y era ésta la manera de avanzar.

Y cuando te decían que algo estaba mal… ¡qué arduo resultaba! No sólo porque tenías que seguir trabajando, modificar el proyecto e invertir más tiempo. Era difícil porque resulta duro asumir críticas. Darte cuenta de que has hecho algo mal. Y ese algo puede ser una cuestión puntual o un vicio, un hábito negativo que arrastras y que te conviene deshacer.

Lo mismo sucede en nuestra vida diaria. Nosotros actuamos y no siempre somos conscientes de lo que hacemos, de cómo lo llevamos a cabo o de las repercusiones de nuestras acciones. Y el día que alguien –que te quiere- te fuerza a verlo te pone en una situación incómoda, tensa. Te vuelcas hacia adentro y tu mente se resiste a reconocerlo. Buscamos excusas, explicaciones, cambiamos el punto de vista porque es más fácil que confirmarlo. Pero podemos hacer el trabajo, enfrentarnos. Si varias personas han coincidido en lo mismo a lo largo del tiempo, ¿es posible que me beneficie cambiar cierta actitud?

Por supuesto, no me refiero a críticas hostiles. Había profesores que humillaban al estudiante inexperto que enseñaba sus bocetos. He visto a muchos compañeros llorar por el trato inapropiado de ciertos arquitectos que se supone que tienen que enseñar la profesión. Por suerte, pocas veces me tropecé con energúmenos de ese tipo. Casi todos mis profesores fueron buenos o estupendos. Aprendí mucho de ellos y supieron hacerme ver dónde podía mejorar y cómo conseguir mejores proyectos. Es fácil diferenciar una crítica constructiva de una hostil. La primera te la dicen en privado, bajito. Cuidan el vocabulario, el tono de voz y te la dan con amor. Con amor y con crudeza. La segunda la suelen gritar, elegir las palabras más humillantes y vanagloriarse por el hecho de avergonzarte.

No obstante, hoy me refiero a las críticas constructivas. Además, cuando haces algo mal esto puede tener repercusión para otras personas. Yo he cometido fallos en mi trabajo. Es muy duro darse cuenta. Y estos fallos han afectado de una u otra manera a clientes o agentes relacionados con la construcción.

Lo mismo me ha sucedido en el nivel personal. Mis actos o mis decisiones han afectado a otras personas. Y cuando te lo dicen duele. Y volvemos a buscar excusas y ser indulgentes con nosotros mismos. Pero… ¿y si lo reconocemos? ¿Y si nos damos cuenta de que así ha sido y, sin martirizarnos con innecesarias culpas, asumimos nuestros actos?

Cuando lo reconocemos podemos avanzar. Crecemos. Y si la crítica se refería a un hábito más que a una situación concreta, puede ser el detonante para trabajar una faceta nuestra de la que no éramos conscientes. Demos ese duro paso. Hace falta mucha humildad, sobre todo, ante nosotros mismos.

En muchas ocasiones crecer empieza por el duro momento de reconocer una crítica.

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