Rejas, muros y contraventanas

Muros, vallas, verjas, cancelas… Utilizamos estos elementos para definir el límite de nuestras viviendas y nuestras parcelas, para protegernos del exterior. ¿Nos hemos parado a pensar, alguna vez, por qué lo hacemos?

Seguramente surgirán dos argumentos bastante inmediatos: por una razón de seguridad (evitar la intrusión de personas ajenas) y por una cuestión de intimidad. En realidad las dos son la misma: para protegernos. Damos por hecho que lo de fuera es malo, peligroso. Levantamos muros, instalamos rejas en las ventanas, tapamos la chimenea y cerramos las puertas con siete llaves. No queremos que nos roben ni que nos vean. Y ya elegiremos nosotros a quién abrimos. Es más, una vez dentro, sabremos hasta dónde les dejaremos llegar.

A menudo hacemos lo mismo con nuestra propia persona. Algunos tienen ventanas muy grandes y desde fuera se puede ver todo el interior. Otras han construido altos muros, vallas y rejas. ¿Por qué? ¿Nacimos así? ¿Aprendimos de pequeños a cerrar las contraventanas al igual que lo hacían nuestros padres? ¿O es porque en alguna ocasión han accedido desde fuera y han causado daños en nuestro interior? Con frecuencia las heridas sufridas nos llevan a tener actitudes herméticas para evitar posibles males futuros. ¿Y esa actitud nos beneficia? ¿Acaso nos perjudica?

Cuando pasamos por una situación dolorosa se puede generar en nosotros un miedo a que se repita. Una conducta habitual para evitar que nos vuelvan a dañar es cerrarnos, proteger nuestro interior. Y yo pregunto, ¿somos capaces de superar esos miedos? ¿Podemos abrir las ventanas, de nuevo, para que entre el aire fresco y quitar las cortinas para que lleguen los rayos de sol hasta nuestro interior? Sí, claro que podemos. Según los psicólogos el ser humano posee la capacidad de recuperarse siempre. La llaman resiliencia.

Yo estudié la resiliencia en la asignatura de materiales de construcción. La psicología la ha tomado prestada para explicar cómo se pueden sobreponer las personas después de pasar por determinadas experiencias. Y si son capaces de hacerlo después de haber sufrido algún tipo de maltrato o abuso en la infancia o, incluso, después de haber pasado por un campo de concentración, nosotros también podremos cicatrizar heridas y abrir, de nuevo, los ventanales. De esta forma nos permitiremos observar los paisajes sin tamices. Si abrimos nuestras puertas será fácil que accedan al interior de nuestras parcelas ricas personas y buenas oportunidades.

Empezamos diciendo que los elementos que cerraban nuestras parcelas o casas y los que enclaustraban a nuestra persona tenían dos objetivos principales: evitar la intrusión y mantener la intimidad. La próxima semana reflexionaremos sobre el segundo. Por el momento revisaremos cómo son nuestras rejas, muros y contraventanas. Vamos a plantearnos abrirlas un poco más. Eso sí, corremos el riesgo de que entren buenas e interesantes personas dentro con cierta facilidad.

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2 comentarios

  1. […] capacidad que tenemos para recuperarnos psicológicamente de heridas emocionales. Como ya vimos en Rejas, Muros y Contraventanas, personas que han estado en un campo de concentración durante la niñez o que han sufrido algún […]

  2. […] buena noticia es que el ser humano tiene una capacidad para recuperarse de todo, la resiliencia. Y no lo digo yo. Lo dicen los psicólogos y psiquiatras que escribieron los libros que he leído […]

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