La pátina del tiempo

Este fin de semana he estado en mi pueblo, en Henarejos. Solemos ir en septiembre, a modo de ritual para despedir el verano. He estado con mis padres y con mis amigos Montse, Rafa y Joss. Lo hemos pasado muy bien y hemos sabido combinando descanso y excesos. Fue en uno de esos descansos donde me puse a pensar sobre la huella del tiempo. Estaba en el patio, me dejaba acariciar por los rayos de sol y me mecía en el columpio mientras observaba las grietas que han ido apareciendo en el pavimento.

Es un patio muy grande, con una zona de jardín y el resto de la superficie, de hormigón. Está definido por adoquines y dividido en rectángulos por unas losas de granito que, discretamente, definen cada paño de hormigón. Con los años el terreno ha ido asentando y ha provocado una serie de fisuras. Lejos de desagradarme, me resultaron bellas. Eran el testigo de lo que allí habíamos vivido. Un suelo recién terminado no tiene ninguna marca. Han sido las cenas, las fiestas, el paso de las estaciones, las visitas e incluso mis momentos de soledad los que han ido grabando su paso. Por eso me gustaron.

Cuando era pequeñita y mis padres estaban haciendo la casa, compraron teja envejecida para el tejado. ¡Yo no entendía nada! No sólo compraban unos elementos que imitaban a los viejos sino que me explicaron que la teja vieja era mucho más cara que la nueva. En mi cabeza de siete u ocho años aquello no había forma de encajarlo. Hoy lo entiendo. Ahora sé lo que el tiempo es capaz de hacer sobre un tejado de varios cientos de años. Y también puedo entender que aquellos elementos se construyeron con otros materiales, con diferentes técnicas, menos mecanizadas… manuales. Por eso no tenían la geometría perfecta de las desmoldadas en taller. Por eso no había dos iguales entre sí. Ahora lo entiendo.

Y si el paso del tiempo es capaz de marcar así unas tejas o un pavimento… ¿qué no hará con las personas? A mí me gusta cumplir años. Me encanta acumular experiencias, me siento más rica conforme va pasando el tiempo. Por supuesto que utilizo cremas y demás potingues para no ponérselo tan fácil, pero me gusta mirarme al espejo y ver marcas de mi madurez.

Mi amiga Teresa ha superado dos veces el cáncer. Le ha quedado una serie de cicatrices por las diversas operaciones. Ella las llama heridas de guerra y, lejos de avergonzarse, le gustan, le recuerdan que está viva y sana.

Creo que existen tantísimos ejemplos del bien que hace el tiempo sobre distintos elementos, sustancias, alimentos y, sobre todo, lo que hace sobre las personas. ¿No te parecen bellas sus huellas? ¿Tienes arrugas alrededor de los ojos, patas de gallo? Pues enhorabuena, eso significa que has reído mucho. Por favor, obsérvate y piensa en todo lo bueno que el paso de los años ha hecho en ti. Seguramente la lista es muy larga. ¿Has mejorado en cuestiones como la paciencia, el trato con los otros, la autoestima? ¿Has aprendido nuevas habilidades o conocimientos? ¿Te conoces mejor?

Y vamos a proponernos algo. Puesto que estamos hechos de buena calidad, vamos a seguir mejorando cual vino en la mejor de las barricas. Convirtamos el tiempo en nuestro aliado y el paso de los años en el mejor regalo. ¿Vamos allá?

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2 comentarios

  1. Cecilio Izquierdo Máñez |Responder

    LA EDAD

    Si debo elegir entre callar o gritar, grito, porque callar es renunciar.

    Cuando debo optar entre la charla amena y el debate ardiente, elijo el segundo, porque renunciar a confrontar ideas es optar por el silencio, y el silencio es un mal consejero cuando se tiene cierta edad.

    En el caso de tener que mentir para que me acepten, pues que no me acepten, porque fingir después de los cincuenta es robarle sentido a la vida. Más vale que no me quieran por lo que soy que tener que inventar a quien no soy para que me quieran.

    Si sabiendo tengo que declarar que no sé para que quien no sabe piense que sabe más que yo, o decir lo que sé aunque los que escuchan piensen que no sé lo que digo, elijo lo segundo, porque prefiero que me odien por lo que sé y no que me quieran por mi ignorancia.

    Si los que me escuchan no saben la diferencia entre el debate y la convivencia, entre la pelea y el consenso, transformando adversarios de un momento en enemigos definitivos, no me queda más remedio que seguir pagando el precio de ser como soy, porque si dejara de serlo traicionaría a todos los años que me condujeron hasta el presente.

    En otras palabras, de esa charla entre mí y yo nació la persona que soy hoy. Mayor, pero joven. Adulto, pero adolescente. Peleador, pero caballero. Son esas las armas para luchar contra el peor enemigo de los muchos años – la vejez –
    Es por todo esto y más que siempre que puedo y me dejo llevar por el joven que me habita, porque la edad podrá afectar al cuerpo pero no al niño que soy, y permitir que los años amordacen y oxiden a ese infante rebelde es caer en la emboscada que la vejez le tiende a todos los que dejan de tener esperanza en el mañana y se rinden a los achaques que los años les regalan.
    Lo que sí, no me cabe la menor duda de que moriré muy joven, aunque el cuerpo sea muy pero requete muy viejo.
    ¡Ojalá tú también!

    1. Cecilio, m’encanta la teua reflexió!! Estic absolutament d’acord. “Mayor, pero joven. Adulto, pero adolescente. Peleador, pero caballero.” Eixe és l’objectiu: amillorar amb els anys i ser jove sempre!
      Gràcies!

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