¿Dónde te sientes en casa?

Todos hemos escuchado alguna vez frases como “hogar, dulce hogar”, “no he dormido bien, echaba de menos mi cama” o “gracias, me he sentido como en casa”. Y yo me pregunto, ¿de qué depende la sensación se sentirse en casa? ¿Y por qué a algunas personas les resulta tan complicado estar así en diferentes entornos y, sin embargo, otras lo consiguen de manera tan sencilla?

Pienso que depende más de parámetros emocionales que de aspectos físicos y objetivos. ¿En alguna ocasión has estado en un lugar espacioso, con un alto grado de confot y te has sentido a disgusto? ¿Y alguna vez has estado realmente cómodo o cómoda en un sitio pequeño, con un equipamiento sobrio y sin grandes comodidades? Si me hago esa pregunta a mí misma, rápidamente viene a mi memoria la habitación de nueve metros cuadrados en la que viví en la Cité Universitaire de Marseille-Luminy durante un curso. La residencia tenía muchos años y estaba realmente deteriorada. Las habitaciones tenían tan solo una cama de 80cm, una mesa, un pequeño armario y un lavabo. Sin embargo… ¡qué feliz fui allí! Y no solo yo, casi todas mis compañeras disfrutaron la estancia en aquella residencia.

Aparentemente le habíamos puesto color, fotos, posters y algunos objetos salpicados por el escritorio, pegados en la pared o sobre la cama. Mediante esos elementos impregnábamos superficies y rincones de nuestra esencia, convertíamos cada punto en un anclaje emocional. Mediante ese ritual físico con el que hacías tuyo ese espacio éramos capaces de convertirlo en nuestra casa. Es como cuando oredenamos nuestra oficina o nuestro dormitorio. Físicamente organizamos y limpiamos, archivamos documentos, nos deshacemos de lo inservible y… como por arte de magia, algo se ordena en nuestro interior, nuestra mente está organizada. Realizando una puesta apunto de nuestro entorno, somos capaces de modificar nuestra actitud.

Recuerda la última vez que pasaste un fin de semana en casa de un familiar o de un amigo… ¿cómo te sentiste? ¿Tuviste esa sensación de calidez y de protección de estar en casa? Si así fue, enhorabuena. Si no, te propongo que la próxima vez que hagas una visita, inviertas diez minutos en hacer tuyo ese lugar. No hace falta que pegues fotos en las paredes ni que te lleves tus propias sábanas. Más bien es un trabajo interior. Busca un sitio donde sentarte y reúnete contigo misma o contigo mismo. Respira hondo, olvídate de todo, incluso de lo que te rodea y observa cómo te sientes. Relájate, distiende todos los músculos de tu cuerpo y haz varias respiraciones profundas, diafragmáticas. Cuando te hayas relajado, extiende esta sensación al espacio que te rodea, como si formara parte de ti. Si sientes algún tipo de bloqueo, plantéate si es importante, de dónde viene y si decides trabajarlo. Si no, continúa con este ritual de contacto con el entorno. Tómate el tiempo que necesites, será una buena inversión. A continuación, disfruta de tu estancia y de la compañía (o de estar contigo mismo si estás solo o sola).

Esta misma sensación de estar integrado, integrada en una vivienda o en una habitación puede trasladarse también a un entorno urbano. ¿Te sientes bien en tu ciudad, en tu pueblo? ¿Sales a pasear y estás a gusto, notas que formas parte de ese espacio? Ocurre lo mismo, a diferente escala. Por supueto, el grado de privacidad y de protección física cambia, pero es el mismo concepto.

Para terminar, sólo me queda decirte que espero que vayas donde vayas, puedas sentirte como en casa.

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2 comentarios

  1. La habitación que fue mi hogar durante un año en Estocolmo tenía unos 10 m2. No era una casa, pero era un hogar. Es curioso que siempre que viajo me encuentro como en casa. Donde sea. ¿Será algo inherente a cada uno? Hay gente que vaya donde vaya se encuentra como en casa. Los hay que ni en su casa son felices. ¿No será, pues, más una cuestión de actitud interior que de mero acondicionamiento externo? La felicidad viaja con uno mismo, no se encuentra de viaje.

    Amiga Geles, me encanta tu blog y lo que dices en él. ¡Qué gusto haberte conocido en clase!

  2. […] Organización y desorganización van de la mano. Por un malentendido en la oficina todavía no hemos conseguido las llaves de nuestro nuevo hogar: la casa que voy a compartir con mi amiga Carol. Fuimos compañeras en la universidad y es quien le facilitó mi curriculum a su jefe, quien me ha informado de todo antes y después de venir y quien está haciendo de mi llegada un verdadero camino de rosas. Como dejó su anterior vivienda para mudarnos a la nueva, hemos sido hospedadas por sus amigos Gastón y Loli, una pareja de argentinos relindos que nos hacen sentirnos como en casa. […]

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