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La Nueva Fe de Valencia. Un edificio blanco, majestuoso, formado por una serie de prismas bien ordenados. Cada vez que pasaba por fuera me llamaba la atención por la presencia de sus volúmenes, por su composición, el ritmo de sus elementos y el diseño de sus fachadas. ¡Tan blanco! ¡Tan nuevo!

Hoy he estado dentro por primera vez. Esta mañana mi cadre se cayó en el monte. Como pudo, llegó a casa. Mi madre lo llevó al hospital de Requena, que era el más cercano a donde estaban. Allí lo visitan, le hacen el informe y lo envían a la Fe. Urgente. La ambulancia llegó rauda, ayudada por su sirena.

Han pasado unas horas desde que se produjo el golpe y comienza la espera. Conforme pasa el tiempo yo me indigno. Entre mi madre y yo fuimos cuatro veces a preguntar en la ventanilla por qué tardaban tanto. Que era urgente. Que habían dicho en el hospital de Requena que tenía unas oclusiones de aire y que corría el riesgo de que se desplazaran a otros sitios, como el sistema circulatorio.

Seguimos esperando. Los espacios interiores y las instalaciones del edificio me maravillan. Pero me indigno. ¿De qué sirve un edificio tan espectacular si la gestión presenta fallos? Vienen a mi memoria casos de personas próximas descontentas, como mi amiga Isa que llegó un día que iban a operar a su hija y tuvieron que volver a su casa, no había cirujano disponible.

La mayoría de personas que trabajan allí son grandes profesionales y tienen un trato amable y cercano. Pero resultan insuficientes o la atención al paciente no está bien gestionada. Y es que al final un edificio es como una persona: no basta con la apariencia exterior. Puede haber un hombre o una mujer con un buen físico, bien vestido, con un aspecto impecable. Si falla, sus actos pueden desacreditar totalmente esa impoluta apariencia.

Dos horas y diez minutos después de haber llegado, nerviosos por la situación, tensos por el diagnóstico del otro hospital y cansados de que nos digan que la doctora de maxilofacial estaba atendiendo en planta y “enseguida baja”, mi madre pierde la paciencia y se deshace de su conducta asertiva. O como ella diría, va a hablar con la chica de la otra ventanilla y la lía. Cinco minutos después llaman a mi padre.

En momentos como ése yo me pregunto, ¿hay ocasiones en que es mejor no tener una conducta asertiva? ¿La agresividad puede ser buena? Levantar la voz y amenazar acabó siendo más efectivo que intentar que las administrativas empatizaran con nosotros. Gritar trajo frutos que no habían conseguido una explicación, un mensaje inquieto y una llamada al sentido común. Algo no funciona.

Por suerte la historia tiene final feliz. Le cosen la herida. Estudian los resultados de las radiografías y el tac que le habían hecho en Requena y le diagnostican lesiones menores. No hay que operar. Las oclusiones de aire saldrán solas a través de unos conductos que se comunican con la  nariz. Dolorido, con media cara hinchada y un ojo cerrado por la hinchazón, vuelve a casa. Feliz por el diagnóstico.

Cuando estudiaba la carrera en muchos temas se repetía el mismo inicio: “los edificios deben diseñarse, construirse y mantenerse para…” Está muy claro que la parte del proyecto es fundamental. La de la construcción también lo es. ¿Y la del mantenimiento? ¿La tenemos clara? ¿Conservamos con esmero nuestras viviendas? ¿Nuestras oficinas, locales comerciales, colegios…?

Y una nueva pregunta, ¿conservamos eficazmente a nuestras personas? Dicen que la amistad es como las plantas. Para que crezcan sanas hay que regarlas. Estamos de acuerdo, ¿verdad? Yo digo que también es como los edificios. Para que mantengan un buen estado vamos a protegerlas, a realizar labores de mantenimiento y a intervenir con alguna reparación cuando sea necesario.

Cuando llueve cerramos las ventanas. Así protegemos nuestra edificación de las humedades. Bajamos las persianas cuando hay tormenta. También nos limpiamos los pies antes de entrar en casa y limitamos el tipo de prácticas que realizamos en el interior. Por lo general, claro. Cuando vivía con mi hermano, en el piso de estudiantes, pintamos unas puertas en la galería sin proteger el suelo. Han pasado unos diez años y las manchas de pintura todavía están en el pavimento.

El caso es que protegemos el inmueble de agentes externos y de nuestros propios actos. ¿Hacemos lo mismo con nuestros amigos? ¿Somos conscientes de que se pueden mojar cuando llueve? Esa lluvia puede ser una situación externa, un incidente, una agresión. ¿Nos damos cuenta de que podemos herirlos con nuestras prácticas o nuestra actitud? ¿Somos conscientes de ello y trabajamos por evitarlo?

Después, están las labores más rutinarias como limpiar periódicamente y las que se hacen de manera esporádica, como pintar las paredes, mover un mueble, arreglar un grifo, cambiar una bombilla. Si no llevamos a cabo este tipo de labores, nuestro hogar se va estropeando poco a poco. Y lo sabemos bien. ¿Por qué nos relajamos, entonces, cuando se trata de trabajar por una amiga, un hermano o por nuestros padres? Esas relaciones necesitan que les dediquemos un sábado por la tarde. Que chequeemos su estado a menudo y que invirtamos energía para que estén siempre a punto.

¿Sabes lo que es una ITE? Es una inspección técnica del edificio. Como la ITV, pero para un inmueble. Es obligatoria para todos los edificios que tengan más de 50 años y se realizará periódicamente por un técnico competente. Para llevar a cabo la inspección tenemos un protocolo a seguir y revisamos los distintos aspectos de la edificación. Sería interesante hacer lo mismo con nuestras relaciones. Chequearlas, revisar cómo están y proceder a subsanar las posibles deficiencias antes de que provoquen una grieta, un desprendimiento o de que una instalación deje de funcionar.

Podríamos rellenar, por escrito o de manera mental una serie de fichas para hacer nuestra ITA, inspección técnica de la amistad. ¿Con qué frecuencia nos vemos? ¿Cómo es nuestra comunicación? ¿Le digo lo que significa para mí? ¿He dedicado tiempo en él/ella últimamente? ¿Está pasando un momento de dificultad y me necesita para apoyarse? ¿Está pasando un momento de celebración y se sentirá bien si lo comparte conmigo? ¿Le aporto lo que puedo y quiero? ¿Sé tomar y recibir lo que necesito? Sería interesante hacernos nuestras propias fichas con éstas y otras preguntas e ir rellenándolas para cada persona o grupo. Detectaremos las posibles carencias o posibilidades de mejora y actuaremos antes de que sea demasiado tarde.

¿Sabes lo bueno de todo esto? Rehabilitar una estructura afectada puede resultar caro y hace falta especialistas y técnicas sofisticadas. Reparar una grieta entre dos personas es muy barato. Normalmente pide dedicación, tiempo y cariño.  ¿Empezamos hoy nuestras ITAs?

Este fin de semana ha tenido lugar el seminario de Alicante. Juan Planes y los colaboradores de Desata TU Potencial hemos hecho todo lo posible para que los más de quinientos asistentes destaparan toda su capacidad a la vez que se divertían y se emocionaban. Edición tras edición no deja de sorprenderme. Y, a pesar de que el contenido siempre es el mismo, nunca hay dos seminarios iguales.

Mucho podría decir de este último pero voy a centrarme en el grupo de voluntarios que asistió, que trabajó y que lo dio todo durante dos intensos días. Éramos más de veinte personas con camiseta verde: una rica mezcla. Estábamos algunos de los veteranos. Eché de menos a personas importantes que no pudieron asistir, pero cuya presencia sentíamos de alguna manera dentro del salón de actos. Y vinieron chicos y chicas de la nueva generación de DTP. Personas llenas de energía, de entusiasmo, de ganas y lo inundaron todo con su frescura, con su dinamismo y con su pasión. Me cautivó la juventud de su carácter. ¡Cómo empujaban! ¡Cómo transmitían!

A menudo escucho cómo se valora la experiencia, los años, las canas. En mis primeros tiempos como arquitecta me resultó duró conseguir que me respetaran y me vieran como una profesional. Sobre todo, en la obra. Además de ser mujer, era joven y aquello parecía un estigma. Algunos personas no terminan de confiar en los recién titulados, en los que acaban de llegar, en los que tienen pocos años. ¿Por qué? ¿Por qué hacemos esto?

Mies van der Rohe realizó su primera obra a los veintiún años. Y muy joven comenzó a proyectar diseños innovadores de acero y vidrio. Le Corbusier construyó Villa Fallet con dieciocho años. Y sin necesidad de citar a todos los grandes maestros de la arquitectura, en las Escuelas se genera una ingente cantidad de obra y surge de las mentes y del trabajo de los alumnos, de personas muy jóvenes. Y seguramente esto sucede por su frescura, por su capacidad de imaginar, porque todavía no están viciados.

Cuando yo estudiaba existía el rumor de que algunos profesores enunciaban los proyectos de clase según las necesidades que ellos tenían y que sacaban de ahí las ideas para realizar sus propios proyectos. Cierto o no, esta hipótesis está cargada de coherencia. La mente fresca y sin querencias de un alumno puede generar proyectos que ya no se les ocurrirían a algunos experimentados y resabiados arquitectos.

Pues bien, quiero romper una lanza a favor de los jóvenes. Tengan la edad que tengan, pues conozco viejos de veinte años y muchachos de más de sesenta. Y quiero homenajear a la nueva generación de compañeros de Desata TU Potencial. Muchos de ellos estuvieron en el seminario este fin de semana. Otros no pudieron venir pero sé que traen el mismo empuje y las mismas ganas.

Por la ilusión que le han puesto, por el ímpetu y por el derroche de fuerza que han demostrado. ¡Amigos, sois muy grandes!

Hemos escuchado tantísimas veces que el humor con el que nos dirijamos al mundo influirá enormemente en todos los ámbitos de nuestra vida, que nos sabemos la teoría de memoria. De sobra conocemos que tener una actitud mental positiva determinará nuestros actos, nuestra percepción y, finalmente, nuestros resultados. Ya reflexionamos sobre esto en Esperanza, optimismo, confianza en el futuro. No obstante, yo me pregunto ¿realmente lo aplicamos?

Sabemos que con esta manera de posicionarnos, ente cualquier situación, daremos mucho más de nosotros mismos, nos planteamos más posibilidades y lucharemos hasta el final. Tendremos más fuerza para levantarnos cada vez que tropecemos y seguiremos adelante sin rendirnos.

Hay quienes van más allá y confían en que creyendo somos capaces de crear situaciones; que nuestros pensamientos pueden transmutarse, de manera que se materialicen nuestros anhelos –o, en su caso, nuestros malos augurios-. Incluso, hay quienes defienden que esto se puede demostrar mediante la física cuántica

La cuestión es que somos capaces de intervenir en nuestro entorno, bien porque desatamos todo nuestro potencial o bien porque creamos nuestra realidad a través de nuestros pensamientos. Y esto se nota en nuestros hogares. Hace unos días mis padres pasaron un fin de semana en nuestra casa de Henarejos. A la vuelta mi madre me contó, entusiasmada, cómo había experimentado los resultados de sus “buenas vibraciones”.

La lavadora de allí algunas veces funciona mal y el lavavajillas hace tiempo que no va. Casi lo hemos dado por perdido. Pues ella me contó que estuvo todo el fin de semana alegre, con una actitud mental muy positiva. Ante lo bueno y lo menos bueno. Se sentía animada y, tras hacer una colada sin ningún problema, se animó con el lavavajillas. ¡Funcionó! Y a la primera. Ella estaba convencida de que había sido su actitud la que lo había hecho marchar. Y, seguramente, así había sido. Por haber elegido el programa o el sistema correcto al estar ella tan optimista o por haberle “transmitido energía positiva”.

El caso es que los aparatos de nuestra casa se contagian de nuestro humor. ¿Alguna vez te has sentido mal y se te ha estropeado algo? ¿O se ha roto algún objeto? Y mejor al revés ¿en cuántas ocasiones estabas radiante y todo funcionaba a la perfección en tu hogar?

¿Y cuántas veces buscamos algo y nuestra casa parece habérselo tragado? ¡No aparece por ningún lado! Sin embargo, cambiamos nuestro humor, nos sentimos bien y enseguida surge o recordamos con claridad dónde estaba.

Una vez más vamos a tener conciencia de la influencia que tiene nuestro estado de ánimo en lo que nos rodea. Y, en concreto, en nuestras casas. ¿No es un buen momento para renovar nuestro buen humor? ¡Allá vamos!

A veces vemos en películas estadounidenses a algunas personas que residen en caravanas. Qué concepto más curioso, vivir en una casa móvil. Mi pregunta es ¿nos podríamos sentir en un espacio así “en casa”?

Cuando era pequeña, durante unos años, me fascinaba la idea de tener una casa que se podía conducir a distintos lugares y les pedí a mis padres que compraran una autocaravana. Nunca conseguí convencerlos y, por tanto, nunca viví esa experiencia. Si has viajado en caravana, ¿podrías compartir tu vivencia? ¿Era como estar en una casa?

Mis padres tienen unos amigos con los que han hecho alguna excursión de fin de semana. Cada pareja llevaba una furgoneta equipada con un colchón. No necesitaban mucho más. Ni siquiera iban a ningún campamento. Les bastaba con encontrar un lugar agradable en la montaña. Y conquistaban ese espacio durante dos o tres días. Siempre volvían con buena cara y contaban que no estaban en la furgoneta sino en ese espacio silvestre, rodeados de naturaleza. Un claro en el bosque se convertía en su hogar por un fin de semana.

Para los amigos de mis padres estas acampadas eran un simple aperitivo, pues con su furgoneta-casa han recorrido, a lo largo de los años, toda Europa y también Marruecos. Ahora su furgoneta se ha estropeado definitivamente, tras diecinueve años de vida y ellos están tristes. Le tenían cariño. Con ella no solo han recorrido miles y miles de kilómetros sino que han vivido dentro. La habían convertido en su hogar durante aquellos viajes… ¿no era, por tanto, una casa?

Otro espacio distinto es un tren-cama. Eso sí que lo he experimentado y tengo el recuerdo de “estar de paso”, como cuando pasas una noche en un hotel. Te sientes extraño, no es tu casa, no es tu hogar. Simplemente es una cama donde pasarás una o varias noches. Es un lugar de nadie. Así fue como me sentí por una noche en aquel tren. ¿Has viajado alguna vez en uno?

Y otra casa, no con ruedas sino con quilla podría ser un barco. ¿Has viajado alguna vez en un barco o has disfrutado de un crucero? ¿Cómo fue la experiencia? Supongo que debe de ser parecido a estar en una pequeña ciudad, con espacios públicos y en la que cada uno vive en su casa-camarote.

Tampoco he viajado en yate pero intuyo que debe ser la versión fastuosa de la autocaravana en el mar.

Una vez más llego a la conclusión de que la esencia de una casa no está en su estructura, sus cerramientos, en sus paredes y acabados. Un hogar es algo más. Y, de manera excepcional, puede suponer una vivienda (permanente o esporádica) otro tipo de espacios. Como era el caso de la furgoneta.

Un domingo más y, hoy, un añito más. Así me he levantado, el número 32 hoy me ha dado la bienvenida y lo primero que he hecho ha sido felicitarme. Y sigo pensando, como ya hice en La pátina del tiempo, que cumplir años es estupendo.

Pero éste no era el tema de hoy. Lo que quiero comentar lo estuve pensando ayer, mientras corría. Mientras, kilómetro tras kilómetro, cumplía un objetivo que me propuse en enero pero al que llevaba años dándole vueltas: correr un medio maratón. Nada menos que 21Km. Y sin parar de correr. Porque si caminaba no lo consideraría objetivo cumplido. El propósito era el siguiente: llegar hasta el final, correr todo el tiempo y disfrutar. ¡Y lo conseguí! Pasar por meta fue un momento realmente emocionante. Creo que nunca lo voy a olvidar.

Esto fue posible gracias a Pape, que lo organizó todo y fue un estupendo anfitrión, pues la carrera era en su pueblo, Puerto de Sagunto. A mis amigos Jose, Eli, Antonio, Ismael y Pape, que corrieron y empezaron a animarme días antes de la competición. También a otras personas, como mi padre y mi hermano que han estado motivándome y que consiguieron, sin saberlo, que siguiera adelante a pesar de que el último mes no he podido casi entrenar por un cúmulo de circunstancias.

El caso es que allí estaba yo, una zancada tras otra, disfrutando del recorrido. Sin pensar en lo que quedaba, sin pensar en lo que llevaba avanzado. Un pie, otro pie… Los primeros 10km fueron muy sencillos. A partir del 12 o el 13 mis piernas se resentían. Y aquí fue donde me salvó la deformación profesional. La cuestión era dónde focalizar los pensamientos. Noté una sensación en los muslos. No sé si era dolor o cansancio. El caso es que no podía pensar en ello. Y la única forma de conseguirlo, que yo sepa, es llevando la mente a otras cuestiones. ¿Cuáles? Pues las casitas que había a la derecha, las casitas que había a la izquierda. Luego, un parque que atravesábamos, edificios sin terminar de construir, el paseo marítimo o el mar, que también nos acompañó un buen tramo.

Ya sé que si piensas mientras haces ejercicio consumes energía. Ya sé que lo ideal es “estar en lo que se está”, pero esto es algo que nunca he conseguido cuando salgo a correr. Cuando me quiero dar cuenta, ¡zas! Ya estoy divagando por mis pensamientos. ¿A ti te pasa? Cuando haces deporte, ¿eres capaz de centrarte sólo en ello? Haciendo otras actividades sí que lo consigo y puedo entrar en un estado de fluidez. Lo único que existe es la actividad y me olvido hasta de mí misma. Pero no lo consigo con el deporte.

Por suerte, había casas feas, había casas bonitas. Chalets, edificios públicos, viviendas adosadas y edificios para ver, para pensar, para… ¡evadirme! Y de esta forma conseguí disociar mi mente de mi cuerpo. Aunque él mandara señales de dolor o de cansancio, mi señora mente estaba en otras historias, pensando y contemplando el paisaje arquitectónico y urbanístico de la zona.

Y tú, ¿en qué te fijas? No sé si la gente va mirando las fachadas como lo hacemos los arquitectos, ¿tú lo haces? ¿Y tú sientes como tus pensamientos se van sin querer hacia el área a la que te dedicas? Es como un imán. Mi hermano, que es diseñador gráfico, ve logos y carteles por todas partes. Para mí la mayoría pasan desapercibidos, pero a él le atrapan. ¿En qué te fijas tú? ¿Te resulta positivo hacerlo? ¿En qué te focalizas?

¿Te conoces? ¿Te gustas? ¿Te gusta observar a los demás… darte cuenta de qué forma tienen? ¿Y qué formas hay? Primero vamos a repasar geometría… ¿te acuerdas? Cuando íbamos al colegio nos enseñaron los conceptos más básicos y aprendimos qué era un círculo, una línea y una esfera. Ya en el instituto nos enseñaron funciones matemáticas que representaban estas figuras geométricas. Yo creía que las entendía, hoy dudo de ello. Es más, dudo de que alguna persona sea capaz de hacerlo. En fin, bromas aparte, vamos a hacer un repaso básico para luego saber qué forma tenemos nosotros e intentar averiguar si unas son mejores que otras.

Que me perdonen los entendidos en la materia pero hoy vamos a simplificacar la cuestión para poder entendernos entre todos. Y así, vamos a diferenciar la geometría plana de la tridimensional. Es fácil distinguirla. Todos sabemos qué es una persona plana y conocemos gente así. Tienen suficiente con dos dimensiones y no se molestan en ir más allá. Se puede decir que son conformistas y les basta con un sistema superficial. Los tridimensionales tienen volumen, no se contentan con un simple plano y siempre buscan más… ¿tú cómo eres? Y mejor aún… ¿cómo vas a ser?

El elemento más sencillo (después del punto) es la línea. Y puede ser recta o curva. Y también puede formar ángulos. ¿Te has dado cuenta de que hay gente que suele tener un comportamiento curvo y otra con muchos ángulos? Se nota porque los primeros son suaves y se adaptan a cada ocasión. Los ángulos y los vértices se pueden clavar y hacen daño. Sabiendo esto y sabiendo también que somos adaptables, empaticemos con cada persona que tratemos y adaptémonos a lo que necesita. Si esa persona nos interesa, claro. Piensa en alguien que tenga muchos vértices, muchas puntas. ¿Cómo resulta la comunicación con él o con ella? Y si es alguien que además disfruta utilizando sus agudos ángulos y hasta les saca brillo, aquí ya hay poco que hacer.

¿Te acuerdas de  los polígonos? Eran esas figuras planas, cerradas, que según el número de lados que tuvieran tenían un nombre distinto: triángulo, cuadrado, pentágono, hexágono y así. Y aparte, estaba el círculo. Son interesantes, pero como nosotros somos tridimensionales, vamos a ir con sus primos, los polígonos. Figuras cerradas, compuestas por varias caras. Hay tres tipos y uno de ellos son los sólidos platónicos, es decir, tetraedro, hexaedro (lo que viene siendo un dado de parchís), octaedro, etc. Otro tipo, los prismas y otro, las pirámides. Y una figura aparte es la esfera, que no se puede considerar un poliedro porque no tiene ninguna cara.

¿Qué es mejor? Pues parece que la esfera es más suave porque carece de vértices, no tiene ninguna punta. ¿Conoces a alguien tan plácido como esta figura? ¿Y te has dado cuenta de que en muchas ocasiones no funciona? Por ejemplo, no tiene estabilidad. Imagina una esfera del tamaño de un balón de pilates. Y, a su lado, un cubo. ¿Quién es más estable? Cuando necesitas centrarte, estabilizarte y apoyarte en el suelo, ¿te comportas como el cubo o te cuesta hacerlo y ruedas como la esfera?

Ahora bien, ser siempre como el cubo, como un hexaedro, no sé será bueno. Cuando alguien es muy sistemático, muy organizado y racional se dice que es una persona cuadriculada. Y esto puede ser beneficioso para analizar datos y resolver cálculos pero deja fuera la creatividad… ¿en qué grado somos cuadriculados?

Parece ser que no existen formas mejores que otras. Cada una tiene sus ventajas y algún inconveniente. ¿Qué de bueno y de malo tiene tu forma? Y también da la sensación de que es muy útil un cierto grado de adaptabilidad. ¿Lo tienes? Vamos a cultivar nuestras formas, vamos a sacar lo mejor de ellas y vamos a ejercitar su flexibilidad, ¿te animas?

¿Te has parado alguna vez a pensar en los lugares que no son lugares en sí mismos? En esos sitios que en realidad suponen un umbral de dos espacios. Sería, por ejemplo, el descansillo desde donde tocas el timbre de un piso. No pertenece al interior de ese apartamento, pero casi. Y tampoco es del todo la calle, el espacio exterior… pero casi.

Son filtros, suponen la última barrera antes de “entrar”. ¿Entrar a dónde? ¿A una casa? ¿Al interior de un hogar? ¿Tenemos las personas también unos comportamientos intermedios? Con los desconocidos o con quienes no tenemos mucha confianza mostramos actitudes distantes, “estamos en la calle”. Con nuestros allegados procedemos de una manera más o menos íntima. ¿Existe un punto intermedio? Es posible que alguna vez hayamos estado en el rellano de una persona. Ya es más que conocida y toca avanzar un paso. Estamos dispuestos a abrirnos más, a establecer unos lazos más próximos. Normalmente este proceso sucede de manera inconsciente. Un día te das cuenta de que tu amiga antes era una simple compañera de clase. Sin saber cómo ha pasado, se ha convertido en alguien de confianza, una persona con quien no tienes reservas. ¿Estuvimos un día la una en el rellano de la otra? ¿Tocamos el timbre? Yo creo que si todo fluye y las dos personas están en sintonía nadie se da cuenta de este paso, resulta natural.

¿Y si una de las partes quiere entrar en casa del otro y no al contrario? A veces sucede en algunas relaciones de pareja. Uno de los dos quiere dar un paso más. Abre la puerta de su casa y pulsa el timbre del otro, dispuesto a entrar. Y la puerta no se abre. Las dos personas no van en paralelo en esa relación y si no lo hablan es posible que esto les lleve a una serie de conflictos.

Me he dado cuenta de que nuestra cultura es muy dada a entrar en los ámbitos privados de otras personas y a abrirles para que entren en los nuestros. ¿Por qué seremos así? En otros países existe una puerta para entrar en el edificio, un vestíbulo donde hay que esperar, escaleras, muchas escaleras y, finalmente el rellano donde se deciden a abrir o a entrar en el ámbito más íntimo de otros.

Otros entreespacios son los lugares de despedida. Como el andén de una vía. Piensa en algún momento de tu vida en que te hayas o te hayan despedido en una estación de tren. ¿Triste? Es un momento especial, un abrazo y ganas de llorar. ¿Por qué te sientes tan apenado si esa persona está junto a ti? Precisamente porque va a dejar de estarlo. Es un entreespacio. Está pero no está.

Lo que nos quitan las estaciones y los aeropuertos nos lo devuelven en otras ocasiones. Con los reencuentros. Consiguen sumirnos en un momento de nervios y excitación por esa persona que vuelve de un viaje o que te hace una vista. Quizá, después de dos años sin verla. Y os saludáis y sonreís y os emocionáis. Después os tranquilizáis porque comienza ese momento de estar juntos. Porque el primer saludo aún no lo era, era un entreespacio.

Y hablando de aeropuertos, son lugres que no pertenecen a ningún sitio. Cuando entras ya has salido de la ciudad, aunque físicamente todavía estés ahí. Con todos los carteles en inglés y la megafonía en varios idiomas. Y si viajas a otro país no llegas cuando aterrizas sino cuando sales del aeropuerto. Siempre me resulta curioso.

Entreespacios y entremomentos. Fronteras entre dos sitios, entre dos etapas. ¿Cuándo has vivido una situación que en realidad unía otras dos?

Hace unos días, en el curso de PNL (programación neurolingüística) tuvimos una sesión de lo más interesante sobre la familia de origen. Estuvimos trabajando sobre cómo había sido nuestra familia y cómo ello nos había influido en ser las personas que ahora somos.

En el trascurso del taller hicimos varios ejercicios. El que más me gustó consistía en dibujar un plano de la casa en la que vivíamos de pequeños. De ahí sacábamos mucha información después. Te animo a hacerlo.

Conforme dibujas el croquis debes ir analizando qué dormitorios estaban más próximos, quién dormía con quién. Si tienes varios hermanos, ¿tenías una habitación para ti solo o la compartías? Esto dice mucho de cómo se inició la relación con cada miembro y cómo es actualmente. ¿Quién tenía el dormitorio más grande? Y otra cuestión muy recurrente, ¿quién dormía más cerca del acceso a la vivienda? Pues en casi todos los casos –si no en todos- eran los padres, manifestando así una posición defensiva.

Otro ejercicio era dibujar la mesa y la posición de casa miembro alrededor de ésta. ¿Había sitios fijos? ¿Al lado de quién te sentabas tú? ¿Frente a quién? ¿Quién o quiénes presidían la mesa? De una comida familiar, que es uno de los rituales más comunes, podemos obtener mucha información. ¿Quién cocinaba? ¿A quién se le servía primero? ¿Cuáles eran los temas habituales de conversación?

Y claro, el concepto que cada uno tiene de familia suele ser el de tu familia. Nosotros tenemos un mapa de la realidad y este mapa está basado en mis experiencias, olvidando a menudo que existe toda una casuística y que mi vivencia es eso: una vivencia.

Del ejercicio de dibujar la mesa me llamó la atención una cuestión. Yo he vivido en diversas casas y me di cuenta de que en todas nos sentábamos siguiendo el mismo esquema. ¡Qué curioso! ¿Qué hacías vosotros?

También estuvimos analizando dos tipos de familias, dos polos, y viendo en qué punto situaríamos a la nuestra. Familias cohesivas y familias desconectadas. Por supuesto, son dos polos y casi nunca una se sitúa en un extremo, sino que tiende más a una que a otra. Uno no es mejor que otro. Lo ideal sería una posición de equilibrio entre ambos.

En las cohesivas los miembros de la familia están muy próximos. La relación es muy cercana, se manifiestan los sentimientos, se expresan las emociones y la familia está muy volcada hacia ella misma (menos hacia el exterior). Hay muchas muestras afectivas y una cierta dependencia entre cada miembro. Todos lo saben todo y participan en las cuestiones de los otros. Esto provoca que los miembros se independicen más tarde y los vínculos suelen ser muy fuertes. Así es la familia de mi madre. Todos están muy juntos, incluso, viviendo lejos. Existen lazos de dependencia y las relaciones son muy cercanas.

En las desconectadas existe un alto grado de independencia entre cada miembro y los demás. También entre cada uno y el conjunto de la familia. Se respeta la privacidad. No se manifiestan las emociones y cada persona mantiene su autonomía. Los límites entre generaciones están claros. Y los hijos suelen independizarse del hogar a edades tempranas. Y me di cuenta de que así es la familia de mi padre. Cada uno es independiente, autónomo y no tiene que dar cuentas de sus decisiones ni de sus actos.

Y mi familia ha resultado una curiosa mezcla de ambos polos. Tiene características de los dos extremos y lo mejor es que yo he visto y vivido cada uno de ellos y me he educado con características de ambos casos. Creo que puedo juzgar lo positivo y lo negativo de cada uno y elegir, en parte, cómo quiero yo formar mi propia familia nuclear (pareja e hijos).

¿Cómo es tu familia de origen? ¿Y tu familia nuclear? Creo que ésta es una buena reflexión y dibujar el plano de tu casa puede ser una buena herramienta para averiguarlo. ¿Te animas?

Este fin de semana ha sido especial. Hemos organizado el primer taller oficial como grupo, como Mentemorfosis. Todo comenzó como un sueño y ya ha empezado a materializarse. Conocemos las herramientas para disfrutar de una buena salud física y emocional y queremos trasladárselas a todo aquéil que quiera escuchar a través de talleres y cursos. Pues bien, ya estamos en marcha. El taller de este fin de semana ha sido de inteligencia física y alimentación consciente.

Además de tomar conciencia de la importancia que tiene la alimentación y el ejercicio físico, lo voy teniendo en cuenta y aplicándolo a mi vida. A veces con más esfuerzo. Otras, casi sin darme cuenta. Y yo he observado que cuidar el cuerpo es muy parecido a conservar una casa.

Cuando comemos aportamos a nuestro organismo los nutrientes que ésta va a utilizar para construir las células de nuestro cuerpo. Sí, sí, para construir órganos y tejidos.  ¿Y de qué manera conseguimos ese cuerpo de calidad? Si nos hacemos con los mejores ladrillos, cemento, azulejos y demás materiales podremos conseguir tabiques fuertes,  pilares resistentes y fachadas duraderas. Y… ¡lo mismo sucede con nuestro cuerpo!

Además de la calidad de cada nutriente, vamos a introducirle las proporciones adecuadas. Si producimos un hormigón con demasiada agua tendremos una estructura poco resistente. Si nos pasamos con la arena, la plasticidad no será adecuada. Así que es muy importante la proporción de cada alimento y cuándo lo ingerimos. Incluso, el orden.

A veces ocurre que utilizamos materiales “malos” o que comemos alimentos nocivos para nuestra salud. ¿Nos estamos dando cuenta de esto?  Tomemos conciencia de ellos y propongámonos de una vez eliminar lo que nos hace daño. No significa que las grasas, la bollería industrial o el alcohol estén prohibidos siempre, significa que no deben formar parte de nuestros hábitos diarios. Podemos tomarlo de manera excepcional.

Lo curioso de esto es que parece que lo que está bueno sea malo para la salud. Pero podemos aprender a comer, a disfrutar con alimentos saludables y, lo más importante, a observar sus efectos sobre nosotros. En la digestión que tenemos, en la energía que nos aportan o que nos quitan y en tantos efectos que nos produce lo que comemos.

El taller estaba compuesto de dos sesiones: el de la alimentación y el del ejercicio físico. En la segunda parte Eli nos ha explicado cómo comer bien. En la primera, Antonio nos hizo ejercitarnos, nos recordó la importancia del deporte y nos motivó a practicarlo para cuidar nuestro cuerpo. ¿Qué pasa si nuestra vivienda no tiene un mantenimiento continuo? Si no hacemos las revisiones oportunas, si no repintamos o si no reparamos lo que se deteriora? Lo tenemos muy claro, ¿verdad? A veces nos cuesta darnos cuenta de que nuestro cuerpo también necesita un mantenimiento constante. ¿Hacemos deporte? ¿Nos tonificamos? ¿Nos fortalecemos? Las personas que practican deporte de manera habitual conocen muy bien sus efectos.

Y este trabajo en nuestro cuerpo físico repercute directamente en nuestro estado emocional. ¿Cómo te sientes después de hacer ejercicio? ¿Tienes ansiedad después de jugar un partidito, de nadar o de hacer una carrera? Vamos a proponernos, esta vez de verdad, dar un paso hacia el cuidado de nuestro cuerpo. Mejoremos la alimentación y practiquemos deporte, ¿nos animamos?

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